METAMEDICINA (PARTE 1)

Descubrí ese término hace poco. Según la autora Claudia Rainville, la Metamedicina es aquella que va más allá de la simple eliminación de síntomas y hace hincapié en la búsqueda del factor que es responsable del malestar o enfermedad.  Según eso, el dolor, el malestar o afección se consideran señales de un desequilibrio en alguna parte del organismo. Lo que más me gustó fue su simple analogía para entender a qué se refiere: “Hacer desaparecer esa señal (el síntoma, dolor, etc.) sin buscar la información correspondiente, es como parar la alarma de un detector de humos que ha detectado un incendio.”

Me pareció una metáfora sumamente acertada porque eso es lo que la mayoría de nosotros hace cuando hay algún dolor o síntoma de malestar: desconectar la alarma que nos avisa que hay un incendio ¡sin haberlo localizado y apagado primero! Apagar la alarma sin siquiera haber encontrado la causa, y mucho menos haber apagado el incendio, es algo realmente absurdo. Pero estamos acostumbrados a solo apaciguar síntomas, sin ir más allá. Nos tomamos los síntomas como si ellos fueran el problema a eliminar, en lugar de verlos como mensajes que tenemos que entender para luego tratar y erradicar aquello que realmente los origina. Se trata de apagar el fuego, no la alarma de incendios. Parece obvio, ¿no?

Por ejemplo, cuando aparecen síntomas de resfrío, mucha gente se enfoca solo en tomar antigripales.  Y se entiende, ¿quién quiere pasarse tres a cinco días con fiebre, dolores y estornudos? El problema es que la gran mayoría lo deja ahí. Acallan los síntomas y asumen que con eso ya se “curaron” … por un corto tiempo.  Son muy pocos los que se preguntan ¿qué me está ocasionando estos síntomas? Normalmente es algún virus que circula por ahí. Le echan la culpa al virus. No se ponen a pensar por un momento que, si fuese solo “culpa” del virus, TODOS tendrían que enfermarse, pero no, solo se enferman unos cuantos. ¿Quiénes se enferman? Quienes tienen el sistema inmune debilitado. Luego se sorprenden de que sean siempre las mismas personas a quienes lo “coge el virus” o les “dio el viento/frío”. Es solo cuestión de observar, entender y actuar acordemente.

Hace muchos años yo hacía lo mismo. No me daba cuenta de que yo me andaba “resfriando” constantemente. Cargar en mi bolso pastillas “contra la gripe” era normal, ya casi las repartía como caramelos a otros que andaban al igual que yo “siempre resfriados”. Como yo pensaba que tenía que ser la mujer maravilla, nunca pedía descanso médico y seguía trabajando y viviendo como si todo estuviera bien. Pero nada estaba bien y obviamente yo no funcionaba bien, pero insistía en seguir y seguir, haciendo caso omiso a las señales de mi cuerpo. ¡Cuánto lo maltrataba! Pero no lo sabía en ese entonces, no me puedo castigar por no saber lo que no sabía. Ahora lo sé mejor, y curiosamente, hace años que no “me resfrío”. ¿Por qué? Porque he aprendido a oír a mi cuerpo.

Si siento alguna señal de ese tipo, sé que algo que estoy haciendo está debilitando a mi sistema inmune y por eso descanso conscientemente, a veces basta una noche y al día siguiente ya mi cuerpo se recuperó y no hizo falta tomar ningún antigripal. Del daño que le ocasionan al cuerpo esas “medicinas contra la gripe” supe por un médico al que a insistencia de amigos fui, porque ya el “resfriado” me estaba causando estragos. El tipo me auscultó y me mandó una semana de descanso médico total, a meterme a mi cama, abrigarme y tomar muchísima agua y/o té, solo eso. Yo me reí y le contesté que eso era absolutamente imposible esa semana, que tal vez el siguiente mes. Entonces se rió él… de mí. Le expliqué que tenía que viajar para dar una conferencia, que al volver tenía reunión de gerentes, luego tenía que hacer revisiones de un proyecto y que había un grupo de gente que había pedido reunión conmigo desde hace mucho tiempo y nada de eso era cancelable, ni siquiera postergable (ahora que lo escribo me da risa mi propia ignorancia de esa época). Le pedí que me prescribiera antigripales más fuertes, porque los normales ya no me hacían efecto. Ahí se puso no solo serio, sino que la verdad, podría decir que fue bastante rudo. Me explicó lo que hacen esas “medicinas contra la gripe” y que bajo ninguna circunstancia me iba a recetar nada, que estaba llevando mi cuerpo al extremo y lo único que mi cuerpo me estaba diciendo con esos “resfríos” era que pare el tren de vida acelerado que estaba debilitando mucho mi sistema inmune y que, o paraba ya, o me pararía después algo mucho más complejo que solo un resfriado inofensivo. Que me tome el descanso de una semana que mi cuerpo me pedía a gritos y que estaría como nueva sin exacerbar más a mi pobre organismo teniendo que procesar todas las porquerías que en realidad son los antigripales. Su explicación fue bastante elocuente y las consecuencias de lo que me decía bastante lógicas. Ante la lógica abrumante me rendí y acepté la prescripción de ningún medicamento y solo de descanso y agua. Volví con sabor de derrota a mi casa, no era tan mujer maravilla como yo pensaba y tuve que pasar por la incomodidad de pedir que posterguen o cancelen mi participación en todos los eventos de esa semana. Primero sentí cólera, luego vergüenza y luego alivio. Me recuperé y volví a mi vida agitada para darme cuenta de que no, el mundo no se había parado porque yo dejara de participar en algo.

Aquel episodio fue el primer paso para empezar a entender que no se trata solo de apagar alarmas antincendios, sino que hay que ubicar el incendio primero; que tenemos que aprender a entender las consecuencias de las “medicinas” que ingerimos y que el mundo seguirá funcionando con o sin nosotros.

¿Y tú? ¿Sabes oír a tu cuerpo?

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