COMO AGUA QUE FLUYE ( Parte 2)

Muchas veces creemos que es la sociedad la que nos obliga a meternos en unos u otros roles. Tardamos en darnos cuenta de que, en realidad, nosotros tenemos la libertad final de elegir los roles que queramos y en el caso ideal, de no elegir ninguno, sino de des-cubrir quiénes somos realmente y de vivir nuestro yo auténtico.

Mi identificación con la “Guerrera” no vino del aire. Como lo explicaba en el ensayo anterior fueron las circunstancias las que me llevaron a ese rol. Sin embargo, podrían haberme llevado a un rol diferente, a uno por ejemplo de “Víctima”, a ese rol que acostumbra a echarle la culpa a todos y a todo de sus circunstancias porque quienes ostentan ese rol no se atreven a tomar las riendas de sus vidas.

Ser “Guerrera” en nuestra sociedad de alguna manera está mejor visto. Están las mamás luchonas que sacan a sus hijos adelante, solas o acompañadas, están las trabajadoras contestonas que no se dejan amedrentar por algún jefe con rasgos de macho barato. Están esas líderes que luchan por hacer del mundo corporativo uno más equilibrado con igualdad de oportunidades. A todas estas “Guerreras” la sociedad -hasta cierto punto- las recompensa citándolas como ejemplo para los demás. Esa es una trampa que te mantiene metida en ese rol por el resto de tu vida si no te das cuenta, que es solo eso, un rol.

Yo vivía tan orgullosa de ser “Guerrera”. Me sentía halagada cuando alguien me decía con muy buenas intenciones: “¡Tú eres una guerrera!”.  Era fantástico sentirme así, que me feliciten por ser así. Solo décadas más tarde me di cuenta de que no, de eso no iba la vida. Entendí que yo veía guerras y luchas por ganar por todos lados porque estaba sintonizada en la frecuencia “Guerrera”.  Si no hubiese sido “Guerrera” tal vez no hubiese tenido una carrera profesional tan potente en un mundo corporativo definido por hombres, más bien por hombres metidos en sus roles de “Macho alfa”. Porque, así como buena parte de la sociedad nos recompensa a las mujeres por ser “Guerreras”, a los hombres los halagan por ser “Machos alfa”.  Esos dos arquetipos de personalidad tienen muchas probabilidades de estrellarse con violencia.

Recuerdo alguna vez, yo en mi posición de vicepresidente, discutiendo con un tipo, en su posición de senior vicepresidente hasta un punto que me recordó a los tanques rusos y aliados posicionados frente a frente y a punto de dar el disparo que iniciaría una tercera guerra mundial en el Checkpoint Charlie tan famoso en el Berlín de la Guerra Fría (y ahí seguimos con las guerras). El punto más álgido de la discusión llegó cuando este señor jaló una silla de mi mesa de conferencias poniéndola en el camino entre mi puerta y la silla del escritorio donde yo estaba sentaba, o sea, bloqueándome el camino, se sentó ahí con sus casi dos metros de estatura y me explicó en un alemán muy directo que yo iba a tramitar su pedido porque él “tenía los huevos más grandes” y esto mientras hacía el gesto de agarrarse los testículos en medio de las piernas enormes y largas que las tenía totalmente abiertas en esa silla, ocupando muchísimo espacio. Si en ese momento yo hubiese sido más consciente del desgaste energético de aquella situación, hubiese elegido ser como agua que fluye y levantarme de mi silla, arreglarme la corona y salir muy digna de mi oficina ignorando completamente al invasor infame. Pero no. En esas épocas de mi vida, yo era “Guerrera” y como tal y sin importar el desgaste energético emocional de aquel momento, ¿decidí qué? Pues, luchar. Me levanté de mi silla y me acerqué al tipo, realmente super, super cerca y como él estaba sentado inevitablemente quedaban mis pechos a la altura misma de sus ojos y le dije “Y yo tengo las tetas más grandes. ¡¿Y ahora qué?!”. Esto desde luego envolviendo mis pechos con mis manos en ademán de levantarlos y resaltarlos.  ¡Vaya lío! ¡La tensión se podría haber cortado con cuchillo sin filo! Obviamente los dos, personas inteligentes, con larga trayectoria profesional, por suerte, nos dimos cuenta de la situación. Yo retrocedí unos pasos dando lugar a que él se levante, acomode mi silla de vuelta en mi mesa de reuniones y cruce mi puerta en su camino de salida.

Después de esa escena, salí a caminar. Por suerte trabajábamos en un campus hermoso con muchas áreas verdes y lagos, y me puse a llorar. Me sentí violentada, sin golpes y sin gritos, pero muy violentada. Estaba orgullosa de mí, la “Guerrera” había salido a relucir y puso a ese infeliz en su lugar. ¡Pero a qué precio! Demasiado desgaste de energía.

Ahora sé que ya no volvería a reaccionar así en una situación parecida. Más aún, ahora sé que ya no pasaré por situaciones parecidas porque ya no vibro en frecuencia guerrera, ahora vibro en frecuencias de paz, como agua que fluye.

Esa es la gran diferencia: somos nuestros pensamientos. El proceso que nos lleva a reaccionar de tal o cual manera lo vivimos de modo inconsciente, por eso reaccionamos en autopiloto, pero cuando nos hacemos consciente de él, nos resulta realmente obvio: cualquier estímulo nos va a generar una emoción. El tipo de emoción dependerá de qué creencias dominen nuestro modo de pensar. Esa emoción generará un sentimiento, éste a su vez un pensamiento, éste dará pasó a un tipo de comportamiento determinado y esto formará nuestros hábitos.  Entonces, si las creencias que dominan mi mente dicen que “Soy Guerrera”, alineados con esa creencia estarán mis emociones, sentimientos y pensamientos que finalmente determinan mi conducta y modo de ser.

Por eso es tan importante que nos hagamos conscientes de cuáles son las creencias que dominan nuestra mente. En el momento en que yo decidí abandonar la creencia de que “soy Guerrera” dejaron de “aparecer” guerras para mí porque empecé a ser como “Agua que fluye”. ¿Y a ti? ¿Qué creencias te dominan?

4 comentarios en “COMO AGUA QUE FLUYE ( Parte 2)”

  1. Me parecieron muy claros e ilustrativos estos dos ensayos. El haber experimentado ese camino con el rol de guerrera y tener la conciencia de que existe otra forma de pensar y reaccionar, hace que uno valore mucho más el querer vibrar en paz y en amor. Gracias por compartir tus experiencias.

    1. Ana María Núñez de Arzt

      Gracias Dulcita querida! Es más bonito ser «como agua que fluye». Sin embargo, sé por propia experiencia que a veces, por circunstancias de la vida, la mejor alternativa -por cierto tiempo- es estar en modo «guerrera». Besito!!

  2. Alcanzar la madurez interior no es fruto de sumar años de experiencia sino del resultado por conseguir una vivencia plácida con una misma. Cuando dejan de importarte los retos sociales, el rol y la imagen externa. Como me dijo una vez una de mis tías después de una vida recorriendo mundo, casada con un extranjero y tras una carrera profesional envidiada; “me vuelvo a vivir al pueblo, ahora que me dan igual sus comentarios”. Bienvenida al pueblo.

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