SOMOS LIBRES. SEÁMOSLO SIEMPRE. PARTE 1

Ensayo sobre «fronteras» y cómo traspasarlas (basado en hechos reales).

“Con esas palabras empieza el coro del himno nacional que me tocó cantar todas las mañanas de lunes durante mi época escolar. Honestamente, de pequeña yo lo hacía como todo el resto, sin prestar la menor atención a lo que decía. Convertida en una adolescente reflexiva y rebelde, cuestionaba con insistencia y protestaba por el mal favor que nos hicieron quienes decidieron cuál era la estrofa que, con carácter de obligatoriedad nacional, debería ser entonada cada semana: «Largo tiempo el peruano oprimido la ominosa cadena arrastró; condenado a una cruel servidumbre largo tiempo en silencio gimió». ¿Cómo podía alguien querer que los niños, el futuro del país, repitiesen esas líneas con efecto de mantra? El texto al menos termina diciendo que, luego del grito de «¡Libertad!», el peruano sacude su indolencia de esclavo y levanta la cerviz humillada. ¡Vaya programación neurolingüística! Finalmente en el año 2009 (más vale tarde que nunca), una sentencia del Tribunal Constitucional acabó con aquella miseria al dictaminar que se dejase de cantar esa primera estrofa que, además de ser considerada apócrifa, nos recordaba cada mañana de lunes nuestra calidad de esclavos condenados y humillados; estrofa que lamentablemente, repetimos los peruanos con entusiasmo casi doscientos años. Sin embargo, no reniego de ese antipático y tedioso ritual. Con él aprendí a interiorizar de modo selectivo la parte del coro que sí me convencía y le hablaba sutilmente a mi interior, aquella que decía: «Somos libres. Seámoslo siempre». Y lo creí a pie juntillas.

Recuerdo que de niña, cuando mis padres visitaban amigos suyos que viajaban frecuentemente, me ofrecían siempre álbumes de fotos porque sabían que eso me mantendría entretenida un buen rato. Mientras observaba con curiosidad recuerdos de la Torre Eiffel, del Coliseo Romano, del Alcázar de Sevilla, de la Plaza Roja en Moscú, del Muro de Berlín y de tantas otras significativas y admirables construcciones, parece ser que tomé la decisión de recorrer el mundo algún día yo también; después de todo éramos libres. Lo que no entendía bien a esa edad, es que estaba demasiado lejos de poder cruzar las fronteras que me separaran de aquellas maravillas, y no me refiero únicamente a las fronteras geopolíticas, sino, sobre todo a las financieras. Los ingresos de mis padres no alcanzaban para cruzar la frontera que divide a quienes pueden recorrer el mundo, de quienes no.

Estando acostumbrada desde siempre a ver salir cada mañana a trabajar a mi padre y a mi madre por igual, crecí ciega a la posibilidad de que hubiera diferencias de oportunidades académicas o profesionales por cuestiones de género. Grandes fueron mi sorpresa y enojo (y grandes mis protestas también) cuando descubrí que en la facultad de ingeniería los anuncios de prácticas preprofesionales solicitaban como primer requisito, sin ninguna vergüenza propia ni ajena, que el practicante tuviera: «sexo masculino». Esos «inocentes» anuncios dejaban al descubierto lo poco que importaba qué tan buena alumna fueras o qué magníficas cualidades, conocimientos y capacidades tuvieras. Si no tenías pene, no podías acceder a las ansiadas prácticas. ¡Esa frontera había que cruzarla necesariamente!

Al terminar mi carrera de ingeniería con prácticas preprofesionales incluidas, y antes de escribir mi tesis de grado, las ganas de recorrer el mundo que nacieron de niña se habían multiplicado dentro de mí. La frontera financiera aún no me permitía viajar de turista por el mundo, tan ancho y ajeno en ese entonces. Tanto mayor fue mi alegría al enterarme de que sí había un modo de viajar y ganar dinero. Sin pensarlo dos veces me enrolé como miembro de la tripulación de una compañía de cruceros italiana que tenía a bien reclutar trabajadores también en el tercer mundo. Postulé para trabajar como mesera en un enorme barco que llevaba el ensoñador nombre de «Costa Romántica». Como debí haber supuesto, los encargados de entrevistar futuros tripulantes no tenían pensado contratar a una ingeniera aún sin tesis, pero ya graduada, para servir copas. Fue así como empecé a recorrer el mundo del Mar Caribe como asistente de mánager del área de Room Service.

Los seis meses a bordo de aquel crucero generaron en mí la ilusión de que las fronteras geográficas no existían. Era tan simple navegar de una nación caribeña a otra, no se percibían fronteras reales en altamar. Lo que sí se percibía y de un modo bastante claro eran las fronteras de nacionalidad acuñadas en la estricta jerarquía del barco.  Poco a poco me fui dando cuenta de que tan variopintos tripulantes estaban «ordenados» de un modo nada casual. El barco estaba regido por fronteras tan invisibles como impenetrables que separaban cargos y funciones según naciones. El capitán y el primer oficial eran desde luego italianos. El resto de jefaturas de sección estaba exclusivamente ocupado por italianos y europeos noroccidentales. Los directos subordinados de ellos eran europeos occidentales en general. El siguiente grupo incluía europeos orientales y alguno que otro representante de Latinoamérica y del sudoeste asiático. Luego venía ya la muchedumbre de camareros y personal encargado de la limpieza de las cabinas, en su casi totalidad latinoamericanos y asiáticos, matizados con unos pocos europeos orientales. La siguiente «casta» la constituían los trabajadores de limpieza de las áreas comunes del barco, provenientes en su mayoría de Filipinas e Indonesia. Al final de todos estaban los servicios de lavandería que eran suministrados exclusivamente por un grupo de nacionalidad china que siempre se movía como un cardumen muy compacto y que no se mezclaba con nadie porque solo hablaba chino, con excepción del jefe de lavandería que sí era bilingüe. Esas fronteras nacionales «alternativas», invisibles pero insalvables, se hacían completamente evidentes en la distribución de las cabinas para la tripulación. El capitán, el primer oficial y los jefes de área tenían sus cabinas en los pisos más altos del barco y les estaba permitido socializar con los pasajeros. Los demás nos acomodábamos cuesta abajo en el anonimato, siempre respetuosos de la informal, aunque estricta y odiosa jerarquía, hasta llegar al último escalón”.

– Continuará –

Video introductorio

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